| El catalanómetro |
| martes, 13 de diciembre de 2011 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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El complejo de inferioridad de los nacionalistas, hace pendant con la inmersión lingüística y se traduce en la obligatoriedad de que los catalanes hablen entre sí ¡Siempre en catalán!, aunque sus contertulios no les entiendan. Esta grosería habitual entre los catalanes de toda clase, sexo y condición, que tuvo su origen en los mensajes de los políticos nacionalistas desde el acceso al poder del racista y totalitario Jordi Pujol, desde el año 2007 por lo menos, es la propia sociedad catalana la que la impone haciéndola suya.
De esta forma los infelices catalanes se demuestran unos a otros que son buenos catalanes, o lo que es lo mismo que son buenos nacionalistas. ¡Ay del que incumpla el mandato de hablar catalán! Esa obligación va acompañada con el mensaje de que los dialectos hablados son la expresión de la “raza” catalana. Cuando la triste realidad para ellos es que esos dialectos forman con los del occitano una misma lengua, lo que convierte en falsa la afirmación de que la lengua catalana tiene entidad propia.
Por otra parte la falta de ideas, para defender la hipótesis de la existencia de la nación catalana, la asumen los nacionalistas declinando sin cesar y hasta la exasperación en sus diversos género, número y caso los mantram “catalán” y “Cataluña”, confiando en que mágicamente surja una nueva realidad y con ella la existencia de Cataluña como nación.
Por eso no es sorprendente la compulsión con la que un importantísimo porcentaje de la población catalana de toda clase social, sexo, confesión y profesión se expresa en lo que ellos llaman indebidamente, “catalán”.
Como toda norma para serlo, ya lo confirmó Hans Kelsen, debe conllevar una sanción y si no la conlleva no es una norma.
En este caso la sanción tiene una doble vertiente. Si se sigue la norma, la sanción es un premio, algo gratificante y si no se sigue, un castigo, una penalización.
Dicho esto, vamos a especificar cuál es la norma a la que nos estamos refiriendo.
Es ésta:
“Hablando catalán se es un buen catalán y además se da vida a la nación catalana”, es decir, se crea Cataluña. En esta redacción va implícito el premio.
En sentido contrario si no hablan compulsivamente “esa lengua” no sólo no son buenos catalanes, sino que dificultan el nacimiento de esa “nación”. Con la correspondiente responsabilidad ante la Historia. ¡Grave castigo!
Se comprende así la compulsión de hablar “dicha lengua”. La responsabilidad de ser un buen ciudadano es algo que no se puede obviar. Menos aún si el riesgo es el de ser tildado de “patricida”.
¿Qué se entiende por hablar compulsivamente catalán? Pondré un ejemplo.
Si hay un grupo de cuatro o cinco personas/personos (diría Bibiana/Bibiano Aido) reunidas en torno de una mesa de las que algunas/os sólo hablan español y otras hablan el español además de “ese dialecto”[1], la conversación global se puede realizar en español. No siempre, de todo hay.
Sin embargo si dos o más de estos “plurilingües” presentes en el grupo hablan entre sí, inevitablemente dejan de hablar en español para hacerlo en “ese idioma”. Es decir, están pendientes obsesivamente, compulsivamente de encontrar una ocasión para demostrar que son buenos catalanes. Lo que se traduce en situaciones en las que la falta de educación y de respeto para los no occitano hablantes, es ostensible.
Por otra parte cada uno del subgrupo se preocupará por ser el primero en hablar en “su lengua identitaria” para que no se pueda dudar de su honorabilidad y catalanobonhomía. Con lo que la obsesión se refuerza.
En este caso no se trata sólo de hablar “el dialecto excelso” además se trata también de procurar ser la primera/o en iniciar la conversación en “el idioma generador de Cataluña”.
Con el comportamiento descrito dejan clara también su voluntad de ser distintos. Distintos de los españoles. Es decir que no quieren ser como los españoles, españoles.
Asumir que por no hablar compulsivamente el dialecto local se es un mal catalán o que se dificulta la supervivencia de “la nación catalana” (algo que no existe) es sencillamente una paranoia.
De donde se deduce que el nivel de sufrimiento de la población catalana, es superior al normal de la nación española porque tiene una fuente suplementaria de estrés. Se puede comprender pues las manifestaciones patológicas que se observan en la sociedad catalana.
El catalanómetro es un instrumento conceptual que permite cuantificar el nivel de catalanismo, es decir, de complejo de inferioridad que los nacionalistas sienten ante la cultura y la historia española y ante España en general.
Funciona contando el número de veces que declinan la palabra catalán y/o Cataluña en sus diversos género, número y caso y dividiendo el resultado por el número de centímetros cuadrados que contiene la publicación correspondiente. (Como denominador también se puede utilizar, aunque es menos preciso el número de páginas de las que se quiere medir el nivel del complejo de inferioridad).
El resultado de aplicar el catalanómetro se mide en catalanopuntos.
Aplicar el catalanómetro a las conversaciones requiere de otro constructo que expondré en su momento.
[1] En Cataluña la gente habla los dialectos de cada zona ignorando el catalán inventado por Pompeu Fabra Poch a principios del siglo XX.
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Una de las maneras para lograr la paralización de una sociedad es confrontarla, cuanto más frecuente e intensamente tanto mejor, al absurdo y ésta ha sido la política de inspiración masónica que ha seguido el masón ZP.
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